Acordarte de tu propio encuentro con Jesús y dar gracias
Se habla mucho de evangelizar, y a veces se olvida recordar lo que nos ha pasado. ¿Cómo te alcanzó Jesús? ¿Cuándo sentiste, por primera vez, que todo esto no era solo una teoría? Esta misión te propone volver a tu propia historia y luego dar gracias.
Cómo se ve en tu día
Tómate diez minutos en calma, con un papel o con el pensamiento. Este es un hilo conductor:
- Recupera el momento. Puede ser una fecha precisa (un campamento, un culto, una muerte, una oración) o un camino que se fue dibujando poco a poco, a través de una persona, un libro, una prueba. Si eres creyente desde la infancia, remóntate al momento en que tu fe se hizo tuya.
- Vuelve a ver la escena. ¿Dónde estabas? ¿Quién estaba allí? ¿Qué sentías? ¿Qué te tocó?
- Piensa en aquellos a quienes Dios utilizó. Un padre o una madre, un amigo, un pastor, un desconocido. Da gracias también por ellos.
- Mide lo que ha cambiado. ¿Qué es distinto en tu vida desde entonces? Una paz, un perdón recibido, una dirección.
- Da gracias a Jesús, con tus palabras: «Gracias por haberme buscado. Gracias por no haberme soltado.»
Si tu encuentro te parece «pequeño», no lo compares con el de los demás. El punto de partida no es una competición. Si estás en duda, recuerda también los momentos en que sentiste su presencia. Si vas con prisa, bastan tres minutos de recuerdo y una frase de agradecimiento.
Lo que dice la Biblia
El salmista hace memoria de su liberación con gran sencillez:
«Al Músico principal: Salmo de David. RESIGNADAMENTE esperé á Jehová, é inclinóse á mí, y oyó mi clamor. E hízome sacar de un lago de miseria, del lodo cenagoso; y puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca canción nueva, alabanza á nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y esperarán en Jehová.»
«E hízome sacar de un lago de miseria», «puso mis pies sobre peña»: recuerda un antes y un después. Y su reacción es un canto nuevo, una gratitud que sale. Pablo, por su parte, nunca olvida de dónde viene:
«Y doy gracias al que me fortificó, á Cristo Jesús nuestro Señor, de que me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio: Habiendo sido antes blasfemo y perseguidor é injuriador: mas fuí recibido á misericordia, porque lo hice con ignorancia en incredulidad. Mas la gracia de nuestro Señor fué más abundante con la fe y amor que es en Cristo Jesús.»
Fíjate en la estructura: un agradecimiento, un recuerdo de lo que era (blasfemo, perseguidor) y luego la gracia que desbordó. Para Pablo, acordarse de su pasado no lo abruma: engrandece la gracia que ha recibido. Moisés, también, recuerda al pueblo todo el camino que Dios le hizo recorrer por el desierto (Deuteronomio 8:2).
El libro de Apocalipsis habla a la iglesia de Éfeso de «tu primer amor» (Apocalipsis 2:4): uno puede alejarse de él, y acordarse es un medio de volver.
Las trampas que debes evitar
Idealizar el pasado. Algunos añoran el entusiasmo de los comienzos y hoy se juzgan fríos. Recuerda sin condenarte: la fe madura, no se limita a la intensidad inicial.
Compararte. «No tengo un testimonio espectacular.» La mayoría de la gente tampoco. Cada encuentro es único, y el tuyo no tiene que ser dramático para ser verdadero.
Retener solo lo que hiciste. Un encuentro no es ante todo lo que tú decidiste: es lo que Jesús hizo al venir hacia ti. Conserva esa mirada.
Descuidar los momentos de duda. Forman parte de la historia. No los escondas: muestran cómo Dios te sostuvo.
Quedarte en el recuerdo. La gratitud puede empujarte a actuar: a contar, a dar las gracias a la persona que te ayudó, a servir. Deja que te ponga en movimiento.
Hoy, tómate un momento. Recupera la escena, da gracias a Jesús y anota una frase para no olvidarla.