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Adorar sin pedir nada: tres minutos para decir quién es Él

Casi todas nuestras oraciones contienen una petición, aunque sea discreta: ayuda, paz, una decisión. Es natural, y a Dios le gusta que le hablemos de lo que nos preocupa. Pero existe otra forma de oración, más rara: dirigirnos a Él sin esperar nada, simplemente por lo que es. Esta misión te propone probar tres minutos de adoración.

Cómo se ve en tu día

La adoración no es una emoción que haya que producir, es una atención que hay que dirigir. Este es un método en tres tiempos de un minuto:

Primer minuto: venir. Ponte cómodo, cierra los ojos o fija la vista en un punto. Di simplemente: «Señor, vengo ante ti, sin pedir nada.» Si te surge una petición, anótala mentalmente y déjala a un lado: la presentarás después.

Segundo minuto: contemplar. Elige una realidad sobre Dios y mírala. Su grandeza (creó la inmensidad del cielo), su santidad (es puro, sin sombra), su cercanía (conoce tu nombre). Dila en voz baja: «Eres grande. Eres santo. Estás aquí.»

Tercer minuto: callar. Quédate en silencio, como ante alguien muy grande a quien admiras. Puedes inclinarte, abrir las manos, arrodillarte. El cuerpo ayuda a la mente a comprender.

Si llegan las distracciones, es normal. Devuelve suavemente tu atención hacia aquel a quien contemplas. Si no tienes inspiración, lee despacio un versículo de adoración y deja que hable.

Para no deslizarte hacia la petición, empieza tu tiempo de oración con estos tres minutos antes que nada: hablar primero de Él cambia el orden de las prioridades.

Si vas con prisa, un minuto basta. Si eres tímido, es una oración sin palabras difíciles. Si eres principiante, no busques sentir: la adoración es ante todo un acto de reconocimiento.

Lo que dice la Biblia

El Salmo 29 se abre con un llamado a dar gloria:

«Salmo de David. DAD á Jehová, oh hijos de fuertes, dad á Jehová la gloria y la fortaleza. Dad á Jehová la gloria debida á su nombre: humillaos á Jehová en el glorioso santuario.»

«Dad á Jehová la gloria debida á su nombre»: la gloria no se le regala a Dios, se le da porque ya le pertenece. Adorar es reconocer lo que es verdad. El profeta Isaías, por su parte, ve al Señor en el templo:

«EN el año que murió el rey Uzzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas henchían el templo. Y encima de él estaban serafines: cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, y con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se hinchió de humo.»

Su reacción no es pedir, sino quedar sobrecogido. Los serafines repiten «Santo, santo, santo»: la santidad de Dios se dice tres veces, señal de plenitud. Por último, Jesús explica lo que busca el Padre:

«Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.»

Busca adoradores «en espíritu y en verdad»: sinceros, verdaderos, vueltos hacia Él. La adoración no es un rito, es una relación.

Las trampas que debes evitar

Convertir la adoración en una petición disfrazada. «Eres poderoso, así que dame esto» lo mezcla todo. Guarda tus peticiones para después.

Buscar una experiencia. Algunos días no sentirás nada. La adoración no depende de tu estado emocional sino del valor de aquel a quien adoras.

Recitar títulos sin pensar. «Eres grande, eres santo» dicho por inercia pierde su sentido. Tómate el tiempo de mirar lo que significa.

Sentirte culpable por pensar en tus preocupaciones. Dísela a Dios en una frase y vuelve a Él. No se ofende.

Limitarte a estos tres minutos. Este tiempo es un comienzo: la adoración también se vive en el trabajo, al caminar, en la naturaleza.

Hoy, tómate tres minutos. Ven, contempla, calla, sin pedir nada.

¿Listo para ponerlo en práctica?

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