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Dar quince minutos a alguien que necesita presencia

En un día repleto, quince minutos parecen poca cosa. Sin embargo, los quince minutos que se ofrecen de verdad (con el teléfono guardado, mirándose a los ojos) son los que suelen quedar grabados en la memoria del otro. Esta misión te propone reservar hoy quince minutos para una persona que necesita presencia.

Cómo se ve en tu día

Elegir a la persona. ¿Quién, en tu entorno, necesita que le dediquen tiempo? Un amigo que atraviesa una etapa difícil, una persona mayor, un colega aislado, un adolescente que calla, un cónyuge con quien ya solo hablas de organización.

Reservar el tiempo. Ponlo en tu agenda, como una cita. Quince minutos sin interrupción: apartas el teléfono, te sientas, no miras la hora.

Estar del todo. No se trata de llenar el tiempo de palabras, sino de poner tu presencia a disposición. Haz una pregunta abierta («¿Cómo estás, en este momento?») y luego escucha. Si la persona no quiere hablar, quédate con ella en silencio, con un café o un paseo.

Terminar con sencillez. «Gracias por tomarte este tiempo conmigo.» Puedes proponer repetirlo, o no.

Algunas maneras de dar quince minutos: un paseo por el barrio, un café al pie de la oficina, una llamada sin pantalla, una merienda con un niño, un rato junto a la ventana de una persona mayor.

Si vas con prisa, recuerda que este tiempo es precisamente lo que menos se da. Si eres tímido, este formato corto es ideal: no exige grandes palabras. Si tu día se desborda, localiza un momento que ya existe, como un trayecto o una pausa, y conviértelo en presencia.

Lo que dice la Biblia

Pablo invita a los creyentes a administrar su tiempo con sabiduría:

«Mirad, pues, cómo andéis avisadamente; no como necios, mas como sabios; Redimiendo el tiempo, porque los días son malos.»

«Redimiendo el tiempo»: aprovecha los momentos que pasan para orientarlos hacia lo que importa. El tiempo dado a una persona es uno de los mejores usos. El Evangelio de Marcos muestra a Jesús en acción. Va de camino a sanar a la hija de un jefe de la sinagoga cuando una mujer enferma toca su vestido. Se detiene, a pesar de la urgencia:

«Y luego Jesús, conociendo en sí mismo la virtud que había salido de él, volviéndose á la compañía, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Y le dijeron sus discípulos: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Y él miraba alrededor para ver á la que había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en sí había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva: ve en paz, y queda sana de tu azote.»

Jesús no sigue su camino: se toma el tiempo de buscar quién lo ha tocado, de escuchar «toda la verdad» de esa mujer y de decirle una palabra que la levanta. Para él, una persona más invisible que las demás valía la interrupción.

Las trampas que debes evitar

Mirar el teléfono. Una pantalla, incluso boca abajo sobre la mesa, dice: «No eres mi prioridad.» Ponlo fuera de la vista.

Llenar el tiempo de consejos. Estos quince minutos no son una sesión de coaching. Escucha, acompaña, no resuelvas.

Querer decirlo todo. Quince minutos no bastan para tratar una vida. Acepta que solo sea un comienzo.

Culpabilizarte por no hacer más. Quince minutos dados valen más que dos horas prometidas y nunca cumplidas.

Olvidar volver. Si la persona lo necesita, programa otro momento. Una presencia puntual puede convertirse en un lazo duradero.

Hoy, elige a una persona. Reserva quince minutos en tu agenda y está del todo.

¿Listo para ponerlo en práctica?

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