Estar atento a una ocasión de hablar de tu fe
Alguien menciona su cansancio, un duelo, una gran decisión, una pregunta sobre el sentido de la vida. En el momento no dices nada; más tarde piensas: «Podría haberle hablado de mi fe.» Esta misión te invita a desarrollar una cualidad discreta: la atención a las ocasiones, sin presión ni obligación de aprovecharlas todas.
Cómo se ve en tu día
Una ocasión es un momento en que la conversación se abre de forma natural a la fe. Puede adoptar varias formas:
- Una prueba: alguien habla de una enfermedad, de un duelo, de una pena.
- Una pregunta: «¿Tú en qué crees?» «¿Vas a la iglesia?»
- Un momento fuerte: un nacimiento, una boda, un cumpleaños, un acontecimiento mundial.
- Un indicio: la persona deja escapar una frase que toca a Dios: «Será que estaba escrito», «No sé si sirve de algo orar.»
- Una petición de opinión: sobre un dilema moral, una decisión difícil.
Tu misión del día es sencilla: observar. No tienes que forzar la conversación. Detectas, escuchas y te preguntas: «¿Es el momento?» Si lo es, puedes responder brevemente: «Para mí, mi fe me ayuda mucho en esos momentos.» Si no, puedes simplemente orar por la persona.
Por la noche, repasa tu día: ¿viste pasar ocasiones? ¿Cómo reaccionaste? Sin juzgarte, anota lo que retienes.
Si vas con prisa, quédate con una sola cosa: escuchar con más atención. Si eres tímido, este primer paso es perfecto: te ejercitas en ver antes de atreverte a hablar.
Lo que dice la Biblia
Pablo pide a los colosenses una atención sabia y delicada:
«Andad en sabiduría para con los extraños, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal; para que sepáis cómo os conviene responder á cada uno.»
«Redimiendo el tiempo»: aprovechar las ocasiones que pasan. «Sazonada con sal»: una palabra que tiene sabor, pero no demasiado. Y el final del versículo muestra que la clave es discernir lo que conviene responder a cada uno, no recitar un mismo discurso a todos.
En el libro de los Hechos, Felipe está atento a la voz del Espíritu y a la situación del hombre que va por el camino:
«Empero el ángel del Señor habló á Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el mediodía, al camino que desciende de Jerusalem á Gaza, el cual es desierto. Entonces él se levantó, y fué: y he aquí un Etiope, eunuco, gobernador de Candace, reina de los Etiopes, el cual era puesto sobre todos sus tesoros, y había venido á adorar á Jerusalem, Se volvía sentado en su carro, y leyendo el profeta Isaías. Y el Espíritu dijo á Felipe: Llégate, y júntate á este carro.»
Corre hacia el carro, oye al etíope leer a Isaías y aprovecha la ocasión para preguntarle si entiende lo que lee. Ningún gran discurso preparado: una atención a lo que ocurre. El propio Jesús, junto al pozo, dice sencillamente a una mujer: «Dame de beber» (Juan 4:7), y la conversación se abre.
Las trampas que debes evitar
Forzar la puerta. Si la persona no está abierta, no la atropelles. Las ocasiones que se fuerzan cierran los corazones. Mantente disponible y cálido.
La culpa por las ocasiones perdidas. Siempre las tendrás. No te flageles: Dios no cuenta tus silencios. Pídele más bien que te haga más atento mañana.
Hablar a toda costa. Una ocasión no es una obligación. A veces lo más amoroso es callar y escuchar.
Interpretar mal. Una frase inocua no siempre esconde una sed espiritual. Busca primero comprender lo que la persona vive.
Descuidar la oración. Es ella la que vuelve atento. Pídele a Dios que te abra los ojos sobre las personas que te rodean.
Hoy, detecta una ocasión. Anótala por la noche y pídele a Dios cómo sacarle partido la próxima vez.