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Orar un minuto con alguien, incluso por teléfono

Orar con alguien exige franquear una pequeña barrera: no te atreves a proponerlo, temes la incomodidad, piensas que no es el momento. Esta misión baja la barrera al máximo: un solo minuto, con alguien cercano, incluso a distancia. Basta una llamada, un mensaje de voz, un trozo de conversación.

Cómo se ve en tu día

Elegir a la persona. Tu pareja, un amigo, un padre o una madre, un compañero creyente, un hermano o una hermana de la iglesia. Alguien con quien la propuesta no resulte demasiado rara.

Encontrar el momento. Al final de una llamada, después de una confidencia, antes de despedirse. «Antes de colgar, ¿quieres que oremos un minuto por esto?»

Mantenerlo muy corto. Un minuto son tres o cuatro frases. Una acción de gracias, una petición, un «Amén». Sin larga preparación.

Un ejemplo. «Señor, gracias por esta llamada. Tú conoces la entrevista de Pedro mañana: dale calma. Gracias por estar con nosotros. Amén.»

Proponerlo sin insistir. «Si te incomoda, no pasa nada.» A mucha gente le gusta esta propuesta, incluso a quienes no se atreven a hacerla.

Orar a distancia. Por teléfono, la oración suele ser más fácil: no estás frente al otro, puedes cerrar los ojos. También puedes enviar un mensaje de voz de treinta segundos, o una oración escrita.

Si vas con prisa, haz solo la oración del final de la llamada. Si eres tímido, puedes pedirle al otro que ore primero, o proponer hacerlo tú. Si la persona no se siente cómoda, propón: «Oraré por ti dentro de un rato», y hazlo.

Lo que dice la Biblia

Jesús da una promesa a los que se reúnen:

«Porque donde están dos ó tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos.»

«Donde están dos ó tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos»: el número importa poco, el nombre sí. Un minuto con una persona es una verdadera reunión. En el libro de los Hechos, cuando Pedro sale de la cárcel, va a una casa donde muchas personas están reunidas orando:

«Y habiendo considerado esto, llegó á casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban juntos orando.»

La oración en grupo formaba parte de la vida de la Iglesia primitiva: en una casa, entre amigos, en situación de peligro. Y Pablo pide a menudo: «Hermanos, orad por nosotros» (1 Tesalonicenses 5:25): no oraba solo, pedía ayuda.

Las trampas que debes evitar

Alargarlo. Un minuto sigue siendo un minuto. Si te extiendes, corres el riesgo de incomodar al otro. Quienes quieran orar más rato lo dirán.

Imponer tu manera de orar. Deja a la persona libre de reaccionar como quiera: silencio, «Amén», una palabra sencilla.

Orar para corregir. «Señor, ayuda a Pablo a entender que tiene que cambiar.» Evítalo: ora por el otro, no contra lo que hace.

Usar la oración para evitar la conversación. «Oremos» no sustituye a la escucha. Escucha primero, ora después.

Desanimarte ante una negativa. Si alguien declina, agradécele su honestidad. Vuelve a proponérselo en otro momento, u ora por él a solas.

Hoy, propón a alguien cercano orar un minuto contigo, en persona o por teléfono.

¿Listo para ponerlo en práctica?

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