Orar por una persona enferma, con sencillez y tacto
Cuando alguien está enfermo, a menudo nos sentimos desarmados. No sabemos qué decir, tememos hacerlo mal. Sin embargo, la oración es uno de los regalos más valiosos que se pueden ofrecer: no cura con seguridad, pero acompaña y vuelve a poner a la persona en las manos de Dios.
Cómo se ve en tu día
Piensa en alguien de tu entorno que esté enfermo: un familiar, un compañero de trabajo, una persona de tu iglesia, un amigo hospitalizado. Esta es una manera sencilla de orar por él:
- Nómbralo. Dile su nombre a Dios, con lo que sepas de su situación.
- Pide la sanación, con sencillez. «Señor, tú puedes sanar. Te pido que le devuelvas la salud.»
- Pide también lo que ayuda en la prueba. Valentía, descanso, paz, buenos profesionales sanitarios, paciencia para sus allegados.
- Encomiéndale lo que venga. «Que se haga tu voluntad para él.»
Si puedes, envíale un mensajito: «Pienso en ti, oro por ti.» No hace falta un texto largo ni un consejo médico. La frase más útil suele ser: «Aquí estoy.»
Si vas con prisa, ora por él al entrar en una farmacia o en el hospital. Si eres tímido, puedes pedir permiso: «¿Puedo orar por ti?» A la mayoría de los enfermos les emociona esta pregunta, aunque no sean creyentes.
Lo que dice la Biblia
El Nuevo Testamento anima claramente a orar por los enfermos. En la carta de Santiago:
«¿Está alguno enfermo entre vosotros? llame á los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados.»
Aquí la oración es un gesto comunitario: se llama a unos hermanos, se ora juntos. No se presenta como una técnica, sino como una petición confiada.
Un relato del Evangelio nos muestra a unos amigos que llevan a un paralítico a Jesús y no se dejan detener por la multitud:
«Entonces vinieron á él unos trayendo un paralítico, que era traído por cuatro. Y como no podían llegar á él á causa del gentío, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Y viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.»
Fíjate: «viendo Jesús la fe de ellos». A veces la fe de los allegados lleva a quien ya no puede avanzar solo. No es el enfermo quien está a prueba, es su comunidad la que lo sostiene.
Para mantener los pies en la tierra, recuerda que ni siquiera Pablo fue sanado de su «aguijón» a pesar de sus oraciones:
«Por lo cual tres veces he rogado al Señor, que se quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo.»
La respuesta de Dios no fue la que esperaba, pero era verdadera y suficiente. A veces Dios sana, siempre acompaña.
Las trampas que debes evitar
Prometer una sanación. No sabes lo que Dios hará. Decirle a alguien «Te vas a curar» puede herirlo si no ocurre. Puedes pedir con fe sin prometer.
Hacer recaer la responsabilidad en el enfermo. No des nunca a entender que la enfermedad se debe a una falta de fe o a un pecado oculto. Eso añade sufrimiento al sufrimiento, y no es lo que enseña el Evangelio.
Sustituir los cuidados por la oración. La oración no excluye a los médicos, los tratamientos, las hospitalizaciones. Los acompaña. Anima siempre a la persona a seguir sus cuidados.
Orar delante de alguien sin su consentimiento. Pregunta antes de poner una mano o de orar en voz alta. Algunos prefieren el silencio, y están en su derecho.
Desaparecer pasada la urgencia. Las enfermedades largas suelen ahuyentar a los amigos. Vuelve a preguntar cómo está dentro de una semana y dentro de un mes. Es una manera de orar con los pies.
Hoy, nombra a alguien delante de Dios. Luego envíale un mensajito. Una sola frase puede hacer mucho.