Bendecir en silencio a tres personas con las que te cruces hoy
Te cruzas con decenas de personas cada día: el cajero, un vecino, una desconocida en el tranvía. La mayoría siguen siendo siluetas. Esta misión te invita a convertir esos encuentros de paso en pequeños actos de bendición, sin decirle nada a nadie.
Cómo se ve en tu día
Bendecir en silencio es sencillo: al cruzarte con alguien, formulas en tu corazón un buen deseo para esa persona, dirigiéndote a Dios. No hace falta detenerse ni hablarle. Algunos ejemplos:
- Esperas en la caja. La persona que tienes delante parece cansada. Piensas: «Señor, dale descanso esta noche.»
- En el autobús, un adolescente escucha su música con los ojos cerrados. Piensas: «Señor, protégelo y hazle saber que lo amas.»
- En la oficina, un colega pasa corriendo. Piensas: «Señor, dale paz para su jornada.»
Puedes acostumbrarte a elegir tres momentos: por la mañana al salir, a mediodía y por la noche al volver. O simplemente bendecir a las tres primeras personas que veas al salir de tu calle. Una bendición cabe en una frase: paz, salud, protección, alegría, encuentro con Dios.
Si vas con prisa, se hace caminando. Si eres tímido, es ideal: nadie lo sabrá. Si eres principiante en la oración, es un excelente ejercicio, porque no exige ninguna fórmula.
Lo que dice la Biblia
La bendición es uno de los gestos más antiguos de la Biblia. Dios había dado a Israel una fórmula de bendición para pronunciar sobre el pueblo:
«Jehová te bendiga, y te guarde: Haga resplandecer Jehová su rostro sobre ti, y haya de ti misericordia: Jehová alce á ti su rostro, y ponga en ti paz.»
Fíjate en que las tres líneas hablan de protección, de misericordia y de paz, es decir, de lo que toda persona necesita. Puedes inspirarte en ellas para tus bendiciones silenciosas.
Jesús lleva la bendición a un nivel inesperado: se dirige incluso a quienes no nos aman.
«Bendecid á los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.»
Y Pedro recuerda que es una vocación, no una opción:
«No volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo; sabiendo que vosotros sois llamados para que poseáis bendición en herencia.»
La idea de fondo es que estamos llamados a difundir la bendición que hemos recibido. Bendecir es desear el bien a alguien en nombre de Dios, sin esperar nada.
Las trampas que debes evitar
Bendecir para tranquilizar tu conciencia. Si esta misión se convierte en un ejercicio para sentirte más espiritual, pierdes lo esencial. El objetivo es desear el bien a una persona real, no marcar una casilla.
Juzgar a la persona al cruzarte con ella. A veces te sorprendes pensando: «Qué pinta tan rara» o «Qué falta de educación». Sustituye entonces ese pensamiento por un deseo: a esa persona Dios la conoce y la ama.
Creer que sustituye a la palabra. La bendición silenciosa es un comienzo, no un final. Si se presenta una ocasión, una sonrisa, una palabra amable, una ayuda, aprovéchala. El silencio prepara el corazón, pero el corazón abierto acaba muchas veces por actuar.
Querer resultados inmediatos. Probablemente no verás lo que Dios hace en respuesta. No importa. La bendición es una siembra: no eres tú quien hace crecer.
Hoy, fíjate en tres personas y dile a Dios una frase por cada una. Verás que tu manera de mirar a la gente empieza a cambiar.